sábado, junio 24, 2006

Sobre ACCIÓN DE GRACIAS, por María Jesús Ruiz

Después de seis años de silencio poético tras Naturaleza muerta, y a mil kilómetros de distancia de su ciudad habitual de residencia, ve la luz el último poemario de Ana Rodríguez de La Robla. No sé si es Cádiz el espacio en el que Acción de gracias se gestó, o si siquiera nació allí total o parcialmente, pero es indudable que ése es el espacio y el tiempo al que Acción de gracias pertenece. El análisis nítido, riguroso y erudito del prólogo firmado por Jaime Siles define con precisión el espíritu del poemario y se detiene, también, en sus habitantes (Gamoneda, Adriano, Píndaro, Esquilo…) y en sus ecos (Ungaretti, Montale…), identificados magistralmente por el catedrático y poeta valenciano. Hay, no obstante, en este poemario algunos otros habitantes, los del corazón y la memoria, que han tejido estos versos y a los que podría presentar uno por uno, en riguroso orden alfabético, a saber: amor, angustia, barbarie, derrota, deseo, desesperanza, esclavitud, esperanza, liberación, lucha, melancolía, memoria, soledad, sufrimiento y tiranía. Conocí a Ana Rodríguez de La Robla en el verano de 2005, en el Puerto de Santa María, en el marco de unas mesas de trabajo sobre gestión cultural, en donde ella arrancaba explicando de forma sistemática cómo proceder en las empresas culturales, y terminaba proyectando en un powerpoint un poema lúcido y emocionado sobre la cultura. Extraño, podría pensarse. Sin embargo, al abrir hace unos días la primera página de Acción de gracias y encontrar la cita de Huizinga (una de las tres que presiden el poemario) pude comprender lo que en aquel momento sólo me conmovió. “De no querer entregarse a una dura barbarie, era necesario encajar los sentimientos en formas fijas” refiere Huizinga en Homo ludens, un libro luminoso y académico, poético y riguroso, intuitivo y sistemático. Homo ludens explica el paso del estado primordial del individuo en la Edad Media (el espanto de la muerte, el temblor del amor) a otro estado primordial encauzado por el juego y la canción, por esas “formas fijas” que nos permiten –si instalamos en ellas los sentimientos- perder el miedo. El ser humano que explica Homo ludens es el que renuncia a la batalla que sabe perdida, la que lo desangra, y renuncia a todo triunfo que suponga la muerte del otro, consciente de que eso no va a proporcionarle la vida. Por eso las palabras del "Réquiem" de Rilke que Ana convoca para emparejar la cita de Huizinga son tan perfectas, tan reveladoras de que el miedo de cada uno, en cada vida, sólo puede ser calcinado por una estrofa que organice los temores: “¿Quién habla de victorias? Sobreponerse es todo”. Acción de gracias reivindica así el luto despreciado por la modernidad, el luto blanco del rito y del responso, el que da consuelo no por simple agotamiento del llanto, sino porque –tomándose su tiempo- ordena la memoria, organiza los sentimientos y orienta el dolor hacia una “forma fija”, una canción con metro y ritmo propios que deja hecho trizas el espanto ante la muerte. Con absoluta coherencia, los tres poemas que abren Acción de gracias sitúan esa experiencia universal en el modo de oficiar y de sentir particular de la autora, y en su tiempo específico. “Poética”, “Antipoética” y “Telar” son así la tesis, la antítesis y la síntesis del proceso vivido, y el hogar poético en el que hay que entender que se han cocido los demás textos del libro. “Poética” está edificado sobre las rejas del estilo, desnudas de memoria, hábiles para acoger en todas las sintaxis posibles lo que nos conmueve. “Antipoética” habla del color, del olor, de la sangre y de la saliva, tan inaprensibles siempre. “Telar” da la solución, ordena los vendavales y encauza las corrientes. Es un poema que detalla ese viaje de un estado primordial de abatimiento a otro de lucidez: el final del luto. Poemario, por tanto, transido de principios fundamentales, asegurado sobre sólidos pilares de reflexión, consciente hasta la última coma. Y sin embargo, poemario privado, a ratos onírico, diario casi sonrojante de una intimidad desde la que cualquier otro poeta, al caer en ella, daría al traste con el sentido virtual de su literatura. El milagro, aquí, es convocar a Haendel, a Robert Walser o a los esdrújulos latinos sin que los renglones de la historia nos velen el descubrimiento del poema. Y convocar, a la vez, la propia conciencia de saberse santa y perversa, noble y mezquina, asesina y apuñalada, sin que la verdad privada manche con sus secretos desvelados la naturaleza ficticia connatural al texto. Ese milagro lo hace la barbarie, eso que nos llega a la vez que la melancolía del verano infantil (“sangre seca del pasado, calor,/ tal vez infancia”) y que nos estremece dejándonos solitarios en un mundo inmenso (“La soledad del mundo era una playa”). Lo hace también la tiranía, que no es sino la capacidad que le reconocemos al amante cuando su beso es como un relámpago en las venas y su cobardía como un cuchillo sobre la mesa. Lo hace el abandono, que es lo que sentimos cuando despega el avión y la ciudad que dejamos, en un picado cinematográfico, se nos vuelve absurda para la felicidad. La nausea, la sangre derramada y los desperdicios del corazón, que son las sustancias de colores concretos que nos certifican el sufrimiento. Y esta madeja de cosas, ordenadas en el telar de Ana Rodríguez de La Robla, devienen en Acción de gracias: una narración luminosa, triunfante en el sentido que Rilke da en la primera página a las victorias, que podría tener como colofón –para mí lo tiene- un verso de no recuerdo quién pero perfecto: “Todo lo que perdí me pertenece”. Por eso Acción de gracias no es un libro triste, sino un manual de supervivencia en el que quien escribe (turista accidental, como todos) ha tenido la fortuna de celebrar en “formas fijas” las necesidades primarias que a otros atormentan: ser, vivir, amar y sobreponerse.

2 comentarios:

fandestéphane dijo...

Estaba yo pensando mientras leía todos estos prólogos, que Acción De Gracias, si podría ser un manual de supervivencia de esos que se tienen siempre en la mesilla de noche y que se pueden abrir por cualquier pág. y que siempre encuentras algo nuevo aúnque los leas y leas, cuando María jesús también a pensado lo mismo.
Lo pondré en mi mesita de noche junto a Mortal y Rosa que nunca me abandona.
Más besos.

ana de la robla dijo...

Espero que sí, querido, que de algo te sirva en alguna noche de insomnio cruzada por una estrella oscura... Además, será un honor estar junto a Mortal y Rosa.
Beso.